La autopista del Sur, reflejos de Cortázar en China

Hace muchos años leí “La autopista del sur”, de Julio Cortázar, que forma parte de su libro de cuentos “Todos los fuegos el fuego”, publicado en 1966. Recuerdo ese cuento como si lo hubiera leído hace unos días: esa historia de un colosal embotellamiento en la autopista que desde el sur llegaba a París (supongo que es la actual A6), en donde el ingeniero del Peugeot 404, la muchacha del Dauphine, las monjas del 2HP, los antipáticos chicos del Simca, entre muchos otros, tejen lo que pareciera una fantástica historia  durante la espera en los largos días que aquel embotellamiento genera y que les obliga a resolver situaciones caóticas, entre las que están organizar el surtimiento de alimentos organizando expediciones de exploración o siendo víctimas del abuso de los lugareños quienes aprovechan la vulnerable situación de quienes no pueden hacer avanzar sus vehículos por lentos y largos días, la creación de grupos o clanes, como pequeñas colonias encargadas de la supervivencia de aquellos a quienes agrupan, y las luchas que se generan entre ellas, así como muchas otras que sólo la imaginación cortazariana nos podría haber regalado.

Sin embargo, la semana pasada, experimenté una maravillosa alegría de cronopio, cosa rara siendo yo un perfecto fama, cuando el reconocido fotoperiodista mexicano, Ulises Castellanos, compartió una nota de la agencia AP con el siguiente título: “Colosal embotellamiento en China podría durar semanas” (haga click en la liga anterior para leerla). Si bien no era Francia, la similitud y los detalles paralelos de ambas historias me dejó felizmente atónito: evidencia de la “otredad” que se expresa en lo que los famas llamamos realidad.  Estoy seguro que Julio hubiera estado bailando tregua y bailando catala de haber leído esta nota de AP, más aún, al darse cuenta de que el enorme embotellamiento de 100km que inició hace unas 3 semanas  en China había tomado lugar también en un mes de Agosto, tal y como sucede en su cuento…

“…Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.” (fragmento final de “La autopista del sur”, Julio Cortázar).


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