Pero es que ustedes los trovadores no saben na’ de la vida

Frank Delgado fue muy atinado al escribir la canción que da título a este texto (“Ustedes los trovadores no saben na’ de la vida”), y si no se equivocó fue porque conoce mejor que nadie a los de su propia especie, es decir a los cantautores. Yo retomo sin afanes poéticos el mismo verso para decir que he llegado a la conclusión de que en ocasiones es necesario separar el trabajo y el respeto que podemos sentir por un creador en particular de lo que el mismo creador es fuera de su propia obra. Y para explicar lo anterior pienso dar dos ejemplos muy recientes.

El primer ejemplo nos lo ha dado el cantautor cubano Silvio Rodríguez, quien el mes pasado mantuvo un debate epistolar público con el periodista exiliado de origen cubano Carlos Alberto Montaner, en donde ambos argumentaron y contraargumentaron sus ideas y posiciones sobre la situación actual de Cuba. Estas cartas no pudieron más que mostrarme a un Silvio Rodríguez muy distinto del que había siempre concebido, aquel que luchaba en sus canciones por el respeto irrestricto de los Derechos Humanos más elementales, tales como el derecho la libertad, pues durante su exposición de ideas en las diferentes cartas me dejó ver que lo que yo siempre interpreté en su obra como una defensa y una promoción universal de los más altos valores y derechos humanos se convertía en este debate en una muy particular defensa a ultranza del regimen castrista. No es que haya sido ingenuo todo este tiempo, es simplemente que su obra me ha hablado siempre de cosas mucho más grandes que las ideas vertidas en las cartas que he mencionado, cosa que sigo pensando aún hoy después de haberlo leído en un ámbito que no es el de sus canciones. Silvio es un cantautor muy grande.

El otro ejemplo del que hablo es el dado por el Flaco de Jaén, el cantautor español Joaquín Sabina, quien se encuentra de gira por estos días en mi país y quien en días pasados expresó a los medios de comunicación que la estrategia del gobierno mexicano en contra del crimen organizado es, por decirlo de la mejor manera, ingenua. Tampoco me engaño pensando que Joaquín Sabina sea o haya sido un ejemplo de compromiso cívico en su país o en ningún lugar del mundo, ni que su obra hable o promueva la creación de mejores y más grandes hombres, pues cualquiera que lo conozca sabe que esa nunca ha sido su intención, lo que, sobra decir, no demerita su maravillosa obra en lo absoluto y su eterna intención de “escribir la canción más hermosa del mundo”. Sin embargo creo, y otra vez, separando al trovador del Joaquín-haciendo-declaraciones-sobre-el-problema-del-narcotráfico-en-México, que este último Joaquín no es probablemente la voz más autorizada para juzgar el tema, dado que el Joaquín trovador, como lo hemos sabido siempre, forma parte de esa inmensa población que día a día alimenta a la Medusa encarnada en el crimen organizado y en el narcotráfico que sufrimos en México y en tantos otros países de este narcotizado orbe, y me refiero sí, a los consumidores de drogas.

A final de cuentas al Silvio y al Joaquín trovadores no puedo reclamarles nada, más bien, los admiraré siempre como  los gigantes que son. Como bien dice Frank Delgado en otra parte de la misma canción:

“Es mejor que esto se quede así,

pasé ayer por tu casa

y me tiraste brasas,

pero ya no me encendí”.

foto: humbertoadriano

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