La silla vacía de Christian Poveda

La silla seguía ahí. En el mismo lugar donde él la había dejado sólo unos días atrás. Nadie la movió siquiera un poco, ni tampoco otros objetos que estaban ya tirados en el suelo desde entonces, lo cual descubrí sólo hasta revisar cuidadosamente las fotografías que hice en el lugar, sin saber en el momento en que las hacía, que los dos estábamos en el mismo sitio, con diferencia de unos días, él antes, yo después.

Al observar hoy las fotografías no puedo evitar tener la impresión de entrar en la habitación de quien murió tiempo atrás y que con el paso de los años permaneció intacta, en el mismo estado en que fue dejada por aquel que hoy no está. Así, la silla vacía seguía mirando al mismo lugar, en la misma dirección en la que el observador miraba hace apenas unos días. Desde ahí se podía ver hacia afuera de las celdas, al pequeño patio central que desde la autoreclusión se revestía de un matiz de inmensidad sólo equiparable con el sentimiento de urgencia de libertad que experimentaran quienes por fuerza vivieron en ese tristísimo y lúgubre lugar.

Aunque hoy no me es posible saber qué pensaba Christian Poveda sentado en esa silla, mientras miraba la luz que como una cascada de libertad se colaba por entre las rejas del pequeño pabellón, imagino que en sus pensamientos tal vez se encontraban presentes los jóvenes de la Mara 18 con quienes convivió durante meses con la idea de ser testigo de aquella su realidad: las calles, la prisión, la violencia, la muerte, sí, sobre todo la muerte, como testigo y presencia cotidiana en la vida de las pandillas de El Salvador. Pero Christian seguramente entendía la muerte, y así la vida, de una forma distinta a quienes no la experimentamos de la manera en la que él la atestiguó a lo largo de su trayectoria como corresponsal de guerra y documentalista. Estoy seguro que para él la reclusión, la violencia y la muerte tenían un significado profundo, así como también entonces la libertad, la paz y la vida, pues pudo atestiguar la esencia del hombre bajo todas estas lentes para revelarlo y así revelarnos a todos.

Como sabemos hoy, la muerte lo esperaba en El Salvador a principios del mes de Septiembre, a su regreso de México, después de pasar unos días en el Centro de las Artes, antigua prisión de la ciudad de San Luis Potosí, compartiendo su experiencia y trabajo con jóvenes fotodocumentalistas, ahí donde él experimentara la reclusión como una fotografía del pasado, ahí donde observara el presente y la incertidumbre del futuro desde la silla abandonada, la única en aquel lugar, la que quedó para siempre inmóvil a su partida sin regreso.


foto: humbertoadriano

 

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